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 01:32:07 |  Miércoles 10 de Marzo de 2010

Opinion

Ahora, realidades

Por PETROFF

15.12.2009

(…) Estamos

en mundo tan singular,

que el vivir sólo es soñar;

y la experiencia me enseña,

que el hombre que vive, sueña

lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe

y en cenizas le convierte

la muerte (¡desdicha fuerte!):

¡que hay quien intente reinar

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí,

de estas prisiones cargado;

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son".

Pedro Calderón de la Barca, 1636-1673

undo peculiar éste que nos toca transitar. Un premio Nobel de la paz que justifica la guerra, no parece demasiado lógico. Ni siquiera pacífico. Pero bue, estamos muy lejos. ¿O no? Si y no. En Corrientes, después del año electoral más impunemente agresivo, parece haber sobrevenido, y sea muy bienvenido si es así, un clima de concordia. De paz. Si lo que proclamó Ricardo Colombi, el nuevo gobernador, en su discurso basal es cierto, por fin podría inaugurarse una verdadera etapa de entendimientos. Basta de confrontaciones. Y si bien hay motivos para no esperanzarse porque la política suele desmadrarse en aras de intereses y apetitos bastardos, la confianza es clave para una sociedad que ya no cree ni en sí misma. ¿Es suficiente que un gobernante, eventualmente líder una forma de pensar y concebir el Estado, lo pregone para entusiasmar a todos?

Creer tiene mucho que ver con soñar. Los individuos que sueñan las empresas más arriesgadas son aquellos que creen en sí mismos. Del mismo modo debe hacer un pueblo que quiera progresar. Por ello es alentador que tanto el nuevo titular del Ejecutivo como el intendente capitalino, dos actores políticos relevantes de este presente correntino, hayan hablado de sueños. Quien esto escribe tiene autoridad para reflexionar sobre esto porque en su fugaz paso por la arena política, hizo una bandera de la necesidad de recuperar "el sueño colectivo". E insisto en ello. Ninguna comunidad tiene chance de avanzar si antes no define no sólo qué es lo que puede permitirse soñar (saber entender nuestro potencial y no ir detrás de quimeras), sino también con qué herramientas buscará concretar ese sueño. Porque soñar no costará nada, pero hacerlo realidad sí.

Ahora bien: ¿por dónde se empieza a darle forma a un sueño colectivo? ¿Estamos de acuerdo en cuál es ese sueño? Pareciera que sí. El desarrollo, como noción socioeconómica, bien podría concitar adhesiones mayoritarias. Tiene que ver con el ser humano y sus condiciones de vida. En definitiva, el bienestar general. ¿No hay oposiciones? Bien, entonces seguimos:

¿Qué es primero? ¿El huevo o la gallina? El desarrollo es una consecuencia, no algo que se decreta. Es un efecto de una inversión colosal que deben hacer todos los habitantes de una determinada sociedad en al menos tres materias y a mediano y largo plazo: salud, trabajo y educación y cultura. Un niño que no se alimenta bien en sus dos primeros años de vida, que no tiene control sanitario y vive rodeados de basurales o cunetas malolientes plagadas de bacterias y que no va a la escuela, es un condenado a muerte. Cual inyección letal, lleva en su brazo un suero que gotea hacia la marginación. De ahí a la delincuencia o cualquier forma de autodestrucción hay un paso. Atenti: no estoy diciendo que todos los delincuentes deben ser tratados como pobres olvidados del sistema.

Colombi habló también de solidaridad. Otra actitud vital para una sociedad que no quiera llenarse de rezagados en su camino hacia el desarrollo. Señaló que esta virtud está en el tuétano correntino. Y suena a verdad irrefutable. No por nada el payé. ¿Pero por qué entonces hay una elite que desde tiempos inmemoriales se sirve del poder y una mayoría que alcanza, de vez en cuando, en mayor o menor cantidad, a recibir algunas migajas? Ser solidario, en este caso, debería ser concebir el acompañamiento de los menos favorecidos como una política de Estado, pero sin fomentar la holgazanería con planes que de tan exiguos se convierten en una oficialización humillante de la indignidad con la que se trata a ciertas personas. Si ese hombre o esa mujer no tienen derecho a soñar, aunque sea con poco y dentro de sus posibilidades, el sueño se trocará en pesadilla.

¿Qué esperar entonces? Que haya sinceridad, que de eso se trata la transparencia en la función pública. Mostrar los números es sólo una parte. Tanto o más importante suele ser no tratar de convencer de que se está en carestía mientras en la trastienda se celebra una fiesta orgiástica. Doble discurso. Doble moral. Cuádruple defraudación.

Si Colombi, que es Ricardo, tiene tan claro que el sueño va en esta dirección, acompañar es una posibilidad. Incluso un deber. Pero si alguien no lo entendiese así, porque no le place, no le gusta la cara del gobernador o porque mantiene diferencias de criterios con quien manda, no es motivo para tirar el carro para atrás. Porque si algo tiene la política es dinámina de bumeran. Lo que hoy nos favorece, mañana puede complicarnos. Y si no fíjese cómo todos sufrimos la caída de las refinanciaciones de la deuda provincial (que en los últimos siete años creció casi mil millones de pesos), que en su momento fueron la revancha para el otro Colombi, que es Arturo.

Cuando una decisión política interfiere con el sueño, venga de donde venga, es un atentado contra la sociedad. Y hasta donde sabemos, los políticos nacen de ella.

No te mueras sin decirme adónde vas

Aconseja el ingenio popular que de vez en cuando es bueno hacerse el muerto para saber quién va a llorarnos. Pero en la Argentina es muy peligroso ceder a esa tentación, destinada a carpetiar la lista de nuestros semejantes que bien nos quieren o respetan. Ni siquiera cuando la muerte es dudosa, o incluso todavía no hay certificado de defunción, la sociedad y el periodismo pueden ser crueles y despedazar al occiso simulador.

Fíjese sino el caso de la infortunada familia Pomar. Un coro de opinadores y gente común propagó todo tipo de versiones, desde que el padre violaba a su hija mayor hasta que estaba metido en el negocio ilegal de la efedrina, las que ahora quedan expuestas como un deporte nacional: hablar mal del otro, del que no está, en base a nuestros propios prejuicios y taras, influenciados ambos por la viveza criolla.

Para el argentino medio, cualquiera que se va de la casa con bolsos y toda la familia se está fugando, para eludir acreedores por ejemplo. O anda en algo raro. O se lleva la familia para consumar un suicidio masivo.

Absorber el bombardeo mediático de la "preocupación" por el paradero de la familia también hace milagros. Mientras la policía no podía encontrarlos por ningún lado aunque aparentemente estaban en sus narices, otros argentinos los vieron en Mendoza, en Neuquén y no sé que otro lugar más.

Y lo más grave: para la policía bonaerense, acaso la fuerza más enlodada por la corrupción de toda Latinoamérica, cuando alguien se toma el trabajo de llamar al 911 para denunciar algo, solamente se trata de algún idiota que no tiene nada que hacer, u otro bromista incurable. Si no se puede confiar en el call center policial, ¿cómo confiar en la institución y sus hombres?

Muchos están buscando cabos sueltos y se inclinan por hipótesis aberrantes para explicar la muerte de esta pobre familia. Deberían saber que sólo en este país "en serio" se subestima a la mediocridad como factor predominantes en nuestras tragedias cotidianas.

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